
Esta es la zona del parque de la plaza central y una de sus salidas al barrio Lucero. Desde mi niñez la he asumido como parte de la historia municipal, no sólo por su diseño español, también
porque en ella están dos bellos árboles abuelos que nos recuerdan que no estamos solos y que mucho antes de nosotros, existían seres vivos como el árbol que nos protegían y nos protegen de las penurias del clíma tropical, sobre todo del insoportable calor actual, producto del desorden climático. Cuando uno se asoma a su alma, la observa casi inmensa como el desierto o el mar, pero es nuestra memoria, anclada en los recuerdos del extraño papellón que se construyo en su piel de arena, conservado en fotografías y capturado por los años 50 por el viejo Tito Mejía, biblioteca de recuerdos vivos del Santo Tomás de todos, o en aquel parque redondo como el sol, resguardo de los hombres valientes que se atrevían a desafiar las bestias en los tiempos de la corraleja.

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